‘Cobra Kai’: sobre hamburguesas y solomillos

6 septiembre, 2022Pablo Gómez-Elvira

El estreno de Cobra Kai en 2018 sorprendió a propios y extraños con su mezcla de nostalgia ochentera y patadas imposibles del universo The Karate Kid. Originalmente una modesta producción de Youtube Originals, la serie capturó la imaginación de los fans y se ha convertido en uno de los televisivos del momento. Y hoy, con motivo del estreno de su quinta temporada, reflexionamos sobre el éxito de la fórmula Cobra Kai.

Alguna vez, siendo ya adulto, ¿has vuelto a probar tu dulce de la infancia favorito? ¿Has releído la saga de libros que dio sentido a tus veranos o has paseado por las calles de tu pueblo que tantas historias vieron nacer? Decepcionante, ¿no es así? ¿Cómo es posible —nos preguntamos todos— que el chocolate no sepa a chocolate? ¿Que aquellos personajes que solían ser nuestros héroes nos parezcan ahora tan simples? ¿Qué las calles no sean más que eso, calles y no calles? Cuando hablamos de nostalgia hablamos del inevitable regreso a casa que todos, nos guste o no, debemos afrontar. Y volver a casa significa ver las grietas en la pared que como niños nunca nos preocuparon, descubrir que las habitaciones son más pequeñas y las goteras, más grandes. Hemos visto y vivido demasiado y volver a la casa que nos vio crecer ya no es posible.

Cobra Kai es esa casa. Y si me lo permitís, hoy recorreremos sus pasillos, desempolvaremos los muebles y, por qué no, descubriremos las grietas en la pared. Así que quítate los zapatos, entra en el dojo y cuenta conmigo: ichi, ni, san

La fórmula del éxito.

Suele decirse que la historia la escriben los vencedores. Qué historia y qué vencedores, sin embargo, es una pregunta más difícil de responder. Pero creo que todos conocemos la historia del niño de los ochenta que aprendió karate y derrotó al temible Cobra Kai con la espectacular patada de la grulla. Tan conocida es esa historia que, de hecho, intentaron estirarla con dos películas más. Y cuando eso no fue suficiente, repitieron la fórmula creyendo que un refrito y un Karate Kid que hacía kung-fu les daría los resultados esperados. Spoiler: no. Entonces llegó Cobra Kai, que había comprado todas las papeletas para ser uno de esos remakes de laboratorio sin nada de corazón, mucho de nostalgia vacía y curiosidades que no sabías y seguro te sorprenderán, y se convirtió en uno de esos pequeños milagros que tan raros se han vuelto.

Pero el éxito de Cobra Kai, y en especial de su primera temporada, no puede entenderse sin el corazón de la película original, que también es el de la serie: la rivalidad entre Johnny Lawrence y Daniel LaRusso. Con un pequeño matiz, han pasado treinta y siete años y ahora la cámara sigue al Cobra Kai y no al Miyagi-Do. Lo fundamental, sin embargo, es que ninguno de los dos ha cambiado desde que los vimos en el Torneo del Valle. Ahora los vientos soplan en favor de Daniel y no de Johnny, es cierto, pero los dos siguen atrapados en la patada que lo cambió todo. Ilegal para uno, genial para el otro, lo cierto es que ambos escribieron su propia historia. Y después se la contaron a sus hijos y estos hablaron entre ellos y vieron que las historias no coincidían y uno de los dos debía estar equivocado. Y precisamente aquí reside la clave del éxito de la serie.

Cobra Kai podría haber sido la historia del rencuentro entre Lawrence y LaRusso, uno de esos aniversarios donde los niños han crecido, tienen canas y bótox y cumplen dos propósitos: ganar dinero y recordarte que, si ellos están viejos, tú lo eres. Al incluir una nueva generación, sin embargo, tan distinta la del 84 y a la vez tan familiar, permites que la historia crezca naturalmente.

Las rimas de la vida.

Podría decirse que Cobra Kai nace de una pregunta tan picante como interesante: ¿qué hubiera pasado si Danny se hubiera unido a Cobra Kai? Podríamos pensar que el tablero es el mismo que en 1984, pero los guionistas juegan con las piezas a su antojo. A Miguel no le salva Pat Morita, sino Johnny Lawrence, y Robby no conoce a John Kresse, sino a Daniel LaRusso. Entonces, comienza la partida. Las piezas se mueven; blancas y negras, alfiles que son caballos y peones que creen ser reyes en una primera temporada que no deja de recordarnos que lo sucedido en el 84 quizá no se repita, pero con toda certeza rimará.

Escenas como la de Halloween o la de la playa sirven precisamente para recordarnos que, sin darnos cuenta, estamos recorriendo otra vez el mismo camino. Pero ninguna funciona como el desenlace en el Torneo del Valle. Miguel contra Robby, ¿quién es el underdog y quién es el matón? O, mejor dicho, ¿a quién apoyas tú como espectador? Los blancos y negros de la película original se han difuminado y ahora solo hay grises. El gris de Miguel, que ha interiorizado lo peor de Cobra Kai. El de Robby, a quien el mundo no deja de sacudir una y otra vez. El de Danny, que sin pretenderlo ha traspasado la barrera entre padre y sensei. Y el de Johnny, que con Miguel ha encontrado la oportunidad de ser el padre que no fue con Robby.

Porque Cobra Kai es, en gran medida, la historia de dos generaciones destinadas a chocar. La de los niños que ahora son padres y temen que sus hijos comentan los errores que ellos cometieron, y la de los niños que tratan de encontrar su propio camino. Y sobre todos ellos, la alargada sombra de la generación que les precedió. A un lado, el señor Miyagi, a quien Danny y el tiempo han convertido en un hombre de ideales irrealizables que Sam cree que no tiene futuro. Al otro, John Kresse, en cuyo sucesor Johnny teme convertirse, no tanto por él, sino por el daño que pueda causarle a Miguel. Solo Danny y Johnny poseen la llave para poner fin a tres generaciones de conflicto, pero ambos vuelcan sus miedos e inseguridades en la nueva generación, y como el hombre que ha visto su muerte en una bola de cristal, los conducen a un destino inevitable.

Cobra Kai vs. Miyagi-Do. Lo que el éxito de Cobra Kai dice sobre nosotros.

En 1984 no había duda: todos los niños querían ser un Miyagi-Do. No era una cuestión filosófica —los niños están por encima de esas tonterías de adultos—, sino de sentido común. ¿Por qué ser el villano cuando puedes ser el héroe? Pero los tiempos cambian, y los niños y sus inquietudes siempre han sido una buena prueba de ello. Hoy los niños no son de Superman, sino de Batman o incluso del Joker. Hoy los niños no son de Miyagi-Do, sino de Cobra Kai. Aunque con matices. Son del Cobra Kai del 2018 y no del 84, o lo que es lo mismo, son del Cobra Kai de Johnny Lawrence y no de John Kresse.

Una vez más, la serie plantea la disputa entre ambos dojos a partir del choque entre generaciones. Danny y Johnny reabren Miyagi-Do y Cobra Kai creyendo que, si funcionó en el pasado, funcionará en el presente. Incapaces de adaptarse a los nuevos tiempos, John Kresse y Terry Silver roban sus sueños y ofrecen a un mensaje tan atractivo como erróneo. Y no es hasta que sus propios alumnos les enseñan qué significa ser un Cobra Kai o un Miyagi-Do, que nuestros protagonistas deciden cambiar. Para Johnny, todo cambia en el Torneo del Valle: ver como Miguel lleva demasiado lejos el mantra que él mismo le ha enseñado —«No mercy»—, le enseña que la piedad no te hace más débil cuando tu hijo es la víctima del «Strike First. Strike Hard». En el caso de Danny, tras un largo camino aprende que antes que un sensei, su hija necesita a un padre. Personajes como Hawk o Tory completan el mosaico al responder por sí mismos una pregunta que nunca más podrá tener una única respuesta. Y tú, ¿qué eres? ¿Cobra Kai o Miyagi-Do?

Sobre hamburguesas y solomillos.

Cobra Kai no es The Wire. Tampoco pretende serlo, porque no solo de solomillo vive el hombre, sino también de hamburguesas de un euro, patas fritas y refrescos. Esta y no otra es la clave de la serie, que pone toda la carne en el asador sin importarle el corte o si es de ternera, cerdo o pollo. Y el karate no es una excepción.

Porque seamos honestos. Aprender karate nunca había sido tan barato. Alumnos que se convierten en Jackie Chan de la noche a la mañana, un sistema de cinturones que haría que los maestros fundadores de Okinawa se removieran en sus tumbas y unas peleas coreografiadas que si intentas replicar te llevarán directo al hospital. Pero, dejadme que os cuente un secreto: no pasa nada porque sea así. Suficientes problemas tenemos encima para preocuparnos por hamburguesas que nunca han querido ser solomillo. Si quisiera ver un mawashi geri perfectamente ejecutado, iría a una competición de kata o kumite —las cuales, por cierto, aprovecho para recomendar—. Mientras tanto, os animo a poneros el karategi, entrar en el tatami y soñar que volvemos a ser los niños que salían del cine y corrían a la calle a imaginar patadas imposibles.

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