La eterna oscilación de ‘Dirty Pair’

9 agosto, 2022Tomás Grau
Poster promocional para la primera novela del Dirty Pair

 

Hay obras de arte que, por una razón u otra, perviven en la imaginación. Algunas lo hacen porque sus contornos se adaptan a las preocupaciones y ensoñaciones de distintas generaciones, y otras porque se convierten en faros para un lugar y momento que no volverá jamás. Esas suelen ser las afortunadas: la mayoría desaparecen con el paso de los años y se convierten en vagos recuerdos de las personas que las conocieron en su día, o como registros arqueológicos de una época que se nos antoja ya alienígena. A veces, ese olvido puede explicarse, pero otras, sientes que su desaparición se ha producido por alguna injusticia que merece ser enmendada.

Dirty Pair ha sido mi obsesión desde los últimos meses. El viaje para descubrirla fue uno que empecé de pura casualidad, empujado por conocer un poco más de la década que asistió al comienzo de la «invasión» cultural japonesa y las pulsiones que le dieron energía. Pero al final del trayecto, ha permanecido conmigo hasta tal punto que me he animado a escribir esta crítica/reflexión/reclamo. Para les que no la conozcan, Dirty Pair es una franquicia compuesta por varias novelas ligeras, una serie de animación, numerosos OVA, una película y un par de adaptaciones —tanto japonesas como americanas— que existe desde 1980. Aunque en muchos aspectos es una serie anclada a la época que la vio nacer, su impacto en la configuración moderna del anime de televisión es evidente. En su contexto original, es parte del proyecto literario iniciado por Haruka Takachiho y Studio Nue, equipo cardinal dentro de ciencia ficción japonesa de los setenta y ochenta, y responsables, entre otras cosas, de Space Battleship Yamato y Super Dimension Fortress Macross. Aunque originalmente planteadas como añadido a las historias del intrépido contrabandista Crusher Joe, Dirty Pair acabó desarrollando sus propia serie de novelas pulp, protagonizadas por un dúo de mercenarias/agentes a sueldo llamadas Kei y Yuri, oficialmente denominadas Lovely Angels por la agencia que las contrata, pero más conocidas como Dirty Pair por su tendencia al daño colateral. Esta faceta, a la que las novelas y el anime recurren cómicamente de forma regular, se convierte en excusa para terminar de definir el resto de sus rasgos; una ruda, dicharachera y protagonista habitual en las historias, la otra delicada y calculadora, pero que esconde una actitud más violenta cuando las cosas se tuercen. La mayoría de las aventuras transcurren durante la juventud de estas muchachas, y aunque en más de una ocasión se insinúa la posibilidad de un desenlace a su asociación, las dos permanecen irremediablemente unidas la una a la otra.

Si bien la serie animada tuvo corta duración y una producción accidentada, su popularidad y atractivo entre el público otaku estuvo garantizada desde el principio al contar con la dirección de Sunrise —el equipo responsable de la franquicia Gundam— y de Tsukasa Dokite, el director de animación del mega-éxito Urusei YatsuraLum, la chica Invasora en español—. Tanto el anime original como los OVA y película subsiguientes fueron por un tiempo la cara de la ciencia ficción animada entre fans del género, entre las que se incluye al equipo de Star Trek: The Next Generation, que hizo un esfuerzo consciente por mencionarlas en varias escenas. De aquí a una parte, la decadencia de proyectos posteriores con la pareja enmascaran la importante influencia que han seguido teniendo en la configuración de series contemporáneas, hasta el punto de haberse convertido en progenitora de ciertas dinámicas entre personajes femeninos que se siguen viendo en cosas como Pretty Cure. Al margen de su importancia como pionera en la ciencia ficción de aventuras —que la unen a obras de insigne pedigrí como Outlaw Star, Cowboy Bebop y Space Dandy—, Dirty Pair es importante por haber servido de eslabón fundamental en la cadena que tuvo sus inicios en Urusei Yatsura y acabó adquiriendo reconocimiento internacional con Ranma 1/2. Este eslabón, que un devoto fan ha estudiado en profundidad, establece una relación inequívoca entre la concepción de Kei y Yuri como dúo formado por una chica tomboy y otra femenina —en sí, uno de los factores que Takachiho señala como «esenciales» de su obra— y el arquetipo del personaje de género confuso que Rumiko Takahashi empezó a tantear con Ryuunosuke en Urusei pero acabó de perfilar en Ranma 1/2. En otras palabras, Dirty Pair constituye un nexo de conexión importante en la larga historia de personajes de género fluido en el anime, que tuvo sus inicios con La Princesa Caballero de Osamu Tezuka y permanece como uno de los rasgos de identidad fundamentales del formato.

 

Cameo de Kei y Yuri en la película Crusher Joe, estrenada en 1983 por Studio Nue y Nippon Sunrise

 

La historiografía convencional de la «invasión japonesa» que caracteriza a los años ochenta y noventa suele empezar en algún momento entre Star Blazers y Robotech, si empiezas en Estados Unidos, y en algún momento entre Mazinger Z y Captain Harlock si empiezas en Europa. Los rasgos comunes que enlazan a estos inicios suelen consistir en una fascinación por robots heroicos y un deseo por conocer lo que existía más allá de Star Wars o Star Trek. Aunque la influencia de A New Hope en películas como Crusher Joe, Lensman o The Arcadia of my Youth es evidente, la ciencia ficción nipona de los setenta y ochenta había crecido primero con la línea «dura» de Asimov y Heinlein, y fue una de las vanguardias principales en la New Wave representada por C. Clarke y K. Dick. Esta generación pasó de una época intenso optimismo a la hora de imaginar un futuro postbélico, postterrícola, e incluso posthumano, a uno más deprimente que sugería que por muchos avances que tuviésemos jamás dejaríamos de lado nuestras limitaciones y desigualdades. Una porción importante de esa generación insistió, pese a todo, en la importancia de encontrar la felicidad hasta en los futuros más oscuros, y series como Crusher Joe encontraron refugio en la idea de que, al menos, podríamos encontrarla abrazando el escapismo y el individualismo. Esa idea —que no se aleja tanto de la actitud de tu típico protagonista Cyberpunk— empujó a algunes a un nuevo romanticismo, representado por Harlock y Skywalker, y otres a un egoísmo narcisista pero, cuanto menos, auténtico, encabezado por los Han Solo y Space Cobra. Kei y Yuri aterrizan firmemente en el segundo campo, pero su condición de mujeres independientes, contratadas y en la flor de la vida revierten ese individualismo endiosado a una rutina diaria que las humaniza y acerca a nosotres.

Todo esto sirve para decir que, en la época que las vio nacer, había muy pocas cosas que pudieran compararse a las Lovely Angels. Las sinuosas circunstancias de sus orígenes y dirección creativa enfatizan lo que las separa de sus coetáneos. Aunque mercenarias a sueldo como Joe, se preocupan por el dinero y los ligues como Shinobu y Lum en Urusei. Aunque envueltas en conflictos de escala cósmica, como los planteados en Legend of the Galactic Heroes o la propia Gundam, su interioridad y vida personal son siempre el elemento central, como en los dramas de Rumiko Takahashi. Y aunque sin duda te entretendrás con los misterios y las tramas que les toca lidiar, al final estás aquí porque quieres ver a Kei y Yuri haciendo de las suyas.

 

Imagen de la serie de televisión Dirty Pair, emitida en 1985 por Nippon Sunrise

 

Dirty Pair aterriza firmemente en una categoría de texto que Sharon Kinsella identifica como esencia de la cultura otaku de los ochenta: la de la obra paródica. Surgida en torno a los stands de la comiket de Tokyo, esta categoría surgió a la sombra de una creciente apreciación por el medio animado, principalmente el infantil. Esta apreciación —que se materializó primero, como suele pasar, con fanfiction— planteó la idea de que era deseable, incluso sexy, mantener tu obsesión con los dibujos de tu infancia y adolescencia, hasta el punto de convertirse en motivo de orgullo para un adulto formado. Varias fueron las series que empujaron a esta actitud en el medio animado, entre ellas Gundam y Urusei Yatsura, que se planteó desde el principio como una caricatura de la vida cotidiana del momento no muy alejada de la que plantearían Los Simpson años después. Clave en este desarrollo fue el empuje del fandom de la época, mayoritariamente femenino y orientado al consumo de obras yaoi. Antes de asociarse exclusivamente a obras de contenido homoerótico, el término se empleaba para describir historias sin sentido que no pretendían transmitir valores, significado, ni ideas específicas —el término, de hecho, es un acrónimo de las palabras Yama-nashi, Ochi-nashi e Imi-nashi, literalmente «sin ascensos, sin descensos, sin sentido»—. Urusei Yatsura, con su tendencia constante al juego de palabras, innuendos sexuales y reducciones al absurdo, encarna este tipo de historia mejor que muchas otras, y su meteórico ascenso en los ochenta refleja su popularidad durante la época. Dirty Pair es una parodia, por tanto, de varias tendencias artísticas del momento, que incluyen tanto space operas como shows de superhéroes y espías, por no hablar de las obras militaristas que Mamoru Oshii empezaba a popularizar con Dallos y The Red Spectacles. Clásicos de la ciencia ficción como El destructor negro se referencian con el gato mutante Mughi, así como los robots de 2001: Una Odisea en el Espacio, Terminator, Yo, Robot y un sinfín de obras más. El último componente lo constituyen las propias Lovely Angels, y su origen como homenaje a la pareja de lucha libre Beauty Pair. Esta pareja, junto a la anécdota del propio Takachiho sobre la vez que llevó a Bertram Chandler a verlas y provocó al autor australiano a llamarlas «la Dirty Pair», integra a las protagonistas de nuestra obra en el intrincado y absorbente mundo del puroresu nipón, que junto al Takarazuka constituye uno de los espacios esenciales donde se vienen expresando identidades alternativas de género.

 

Fotografía de una actuación de Jackie Sato y Maki Ueda. conocidas en el mundo de la lucha libre como la Beauty Pair

 

Todas estas referencias, o más bien herencias, son expresadas de una forma u otra en el cuerpo de Dirty Pair, y aunque las novelas se ciñen a un género algo limitado, el anime se asegura de extenderlas hacia sus máximas consecuencias. Capítulos como el 4, «Pursuit Has The Smell Of Cheesecake And Death», hacen explícita la línea que une la lucha libre con este anime. Otras entradas, como «Lot Of Danger, Lot Of Dummies», proveen parodias de un antagonista de las series infantiles heroicas, como Yatterman y Gatchaman. Otros, como «What! We’re The Brutal Kidnappers?», parecen esconder una burla hacia el tipo de historias que Miyazaki gusta de contar en Ghibli, especialmente las que lidian con el arquetipo del noble salvaje. Suma y sigue hasta llegar al último OVA de la pareja original, «The Flight 005 Conspiracy», que consiste en una parodia de las películas de Bond —el propio título ya lo deja claro—. La serie entera puede desgranarse en una sucesión infinita de estas parodias, y cada capítulo se puede desmontar en gags recurrentes que se aderezan con algún que otro drama genuino y altas dosis de acción.

De nuevo, nada de esto es original o sustancialmente distinto de lo que podría encontrarse en Urusei Yatsura y en el océano del Doujinshi. La particularidad de Dirty Pair reside, más que nada, en su escenario de ciencia ficción —que le permite identificarse con una tradición literaria de rancio abolengo— y en la caracterización de sus personajes, que en sí son interpretaciones femeninas de personajes como los de Lupin III. En este aspecto, Dirty Pair es una versión de Cowboy Bebop para el público de los ochenta, uno más despreocupado y vividor, pero que aún no ha tenido que vérselas con la crisis económica. Aunque las Lovely Angels tienen que luchar por su sustento de cuando en cuando —los capítulos «Hire Us! Better To Get Good-Looking Bodyguards» y el OVA «Evil Speaks For Itself! Space Truckers» contienen su buena dosis de ansiedad de clase—, su actitud las aleja de cualquier opresión sistémica. Incluso cuando la serie las enfrenta a casos de evidente machismo, la serie se apresura a ponerlas en lo alto y ayudarlas a superar cualquier victimización convirtiéndolas, básicamente, en ángeles de destrucción. Su actitud casual hacia el sexo o la desnudez las estereotipa como un tipo de mujer idealizada, que no tiene reparos en mostrarse descarada ante un millar de potenciales voyeurs. El mundo de Dirty Pair no está exento de sus injusticias y desigualdades —el capítulo «Eek! The Boy in the Manor is a Terminator» y el OVA «Slaughter Squad! Red Eyed Hell Signal» las reflejan con claridad—, pero Kei y Yuri sólo son testigos de esas maldades, o su solución habitual. Al contrario que en series anime del tipo harem, nuestro punto de vista reposa siempre en ellas, y Kei en especial suele ser la primera persona en las novelas originales. Comparado a ella, Yuri se nos presenta a veces algo misteriosa o distante, y que Kei aprenda a confiar en ella es un elemento esencial para la trama.

 

Escena del penúltimo capítulo de la serie de televisión Dirty Pair, cancelado prematuramente y distribuido en forma de OVA

 

Esto nos lleva a un punto que la serie nunca termina de aclarar: la contradictoria y frustrante manera que Dirty Pair tiene a la hora de hablar de relaciones de género. A día de hoy, si has oído hablar de esta serie, es muy posible que se deba al famoso capítulo «Love Is Everything, Betting Their Lives On Elopement», que muestra una actitud hacia las personas trans más progresista que la inmensa mayoría del anime contemporáneo. Este capítulo lidia con el intento de huida de un rico heredero y su amante, los esfuerzos del padre por separarlos, y el complicado rol que las Lovely Angels tienen que ocupar entre ambos bandos. Siguiendo la estética de gags sobre gags que la serie viene haciendo desde el principio, la amante se revela como mujer trans en medio de una sucesión cada vez más enrevesada de giros argumentales, y su revelación es tratada con sorprendente calma por parte de Kei, que suelta la famosa línea «¿Y qué pasa con eso? A día de hoy 1 de cada 10 personas ha cambiado de sexo». La línea que sigue a ella no se menciona tanto, pero es importante incluirla para otorgarle un contexto importante: «Además ¡Es mucho más mujer de lo que es tu secretaria!». En esta línea se incluye el remate a un chiste que lleva haciéndose a costa de otra chica en la trama, la amante del susodicho empresario tránsfobo, que el capítulo nos presenta desde el principio como una mujer fría y calculadora que se viste para asegurarse de que su jefe la encuentre atractiva. De todos los personajes incluidos en esta historia, la secretaria es la que acaba peor con diferencia, porque al contrario que los idealistas amantes o el intolerante padre, se verá obligada a vivir una vida de solterona mientras espera a que su hombre despierte de un sueño criogénico de 50 años —las circunstancias son un poco difíciles de explicar—.

Esta actitud hacia otras mujeres revela, sin duda alguna, una actitud progresista en lo referente a quién puede considerarse mujer o no en el mundo de Dirty Pair, pero establece una gradación clara con respecto a quién tiene derecho a considerarse más mujer. Para Dirty Pair, cualquiera puede ser mujer si se asegura de ser «auténtica» —que, en la serie, parece querer decir «parecerse a Kei o a Yuri»— y evita ser «falsa» —que en este capítulo significa «no ser un pendón»—. Dirty Pair tiene, pese a todas sus ínfulas progresistas, una creencia firme en la «gatunería» femenina que la encajona firmemente en la década que la vio nacer.

Las trabas que encadenan esta serie a actitudes regresivas sobre la experiencia vital femenina se complican cuando consideramos que la serie entera fue concebida, dirigida y animada por hombres. Aunque la privacidad que se reserva a les autores en Japón nos impide conocer la orientación de sus creadores, no es descabellado afirmar que la serie se concibió para el mismo público otaku que también consumía material erótico y leía mangas pulperos. Pero esto se complica aún más si volvemos a la cuestión de que esta serie estuvo fuertemente inspirada por Rumiko Takahashi, autora que goza de prestigio por sus innovaciones narrativas, y por la ola de series «femeninas» que estaban absorbiendo a esta subcultura durante la época. Patrick Galbraith es uno de los autores que más ha investigado la complicada relación que los otaku han mantenido con el género Shōjo que cambió la industria del manga en los setenta y provocó el nacimiento del comiket —recordemos, un evento inicialmente femenino—. Se suele leer a esta época como una de «invasión masculina» de los espacios fans que, hasta entonces, habían solido ser dominio de las mujeres. Pero lo que Galbraith parece apuntar con su trabajo arqueológico es que el público otaku inicial no se caracterizó por «masculinizar» los espacios de consumo de la época —aunque algo sí que tuvieron que hacer, con tanto mecha de por medio—, sino por adaptarse al consumo de manga femenino e interiorizarlo. Galbraith identifica el ascenso de lo kawaii, la popularidad de autores como Hideo Azuma y el «lolicon Boom» con esta corriente, y para argumentarla, recupera la caracterización homófoba que Akio Nakamura construyó sobre los primeros otaku, a los que califica de «afeminados» por disfrutar exclusivamente de historias con niñas. La identificación de lo queer con lo otaku es un asunto espinoso, y creo que Galbraith lleva la comparación demasiado lejos, excusando las múltiples instancias en que esa subcultura perpetúa comportamientos heteropatriarcales —la propia concepción de la historia otaku como una de «femenino» versus «masculino» revela un binarismo obvio—, pero es útil para entender dónde situar exactamente a Dirty Pair.

 

Ilustración promocional de la serie de televisión de Dirty Pair, en la que Yuri y Kei aparecen disfrazadas de Magical Girls.

 

A primera vista, se hace un poco difícil situar a las Lovely Angels en la misma vertiente que otros personajes kawaii de la época como Minky Momo, menos aún contenido lolicon. De hecho, la caracterización recuerda mucho a las modelos eróticas gravure que Akio Nakamura considera «para hombres de verdad» y en contraposición al afeminado material otaku. Esto, en parte, se puede deber a que el artista conceptual de las novelas originales, Yoshikazu Yasuhiko, exhibe una clara preferencia por figuras adultas en sus dibujos. Yasuhiko es responsable, entre otras cosas, de diseñar los personajes de Gundam, y no hace falta esforzarse para ver en la Kei original trazas de Amuro Ray. El origen puroresu de las Lovely Angels también las ata a concepciones más tradicionales —y musculadas— de belleza femenina. Un recoveco por el que podemos empezar a entrever esa conexión es en las actrices de doblaje. Kiryou Tongu encarna una voz asertiva y habituadas a personajes masculinos o «marimacho», y Saeko Shimazu es famosa como la voz de Shinobu en Urusei Yatsura y Kodachi en Ranma 1/2, las dos subversiones agresivas de la mujer japonesa más idealizada. La química que exhiben estas dos seiyuu entre ellas es tan increíble que te hace olvidarlo todo. Aunque, de nuevo, es importante recalcar que la serie jamás explicita a estas chicas como pareja, hay suficiente ambigüedad y textura entre ellas para dejar volar tu imaginación. Y ayuda mucho que las dos parecen estar pasándoselo en grande mientras graban las líneas.

Un punto de comparación interesante que puede ayudar a entender qué hace esta Dirty Pair única es lo que la separa de su sucesora oficial, Dirty Pair Flash. Aunque concebida como una secuela espiritual que pretendía adaptar las aventuras de la pareja al contexto algo más deprimente de los noventa, el mundo que acaban habitando es uno muchísimo más otaku, y los diseños e historias que encabezan reflejan esa tendencia. Casi todas las aventuras se ciñen en un estereotipo reconocible para el público de la época —desde institutos a playas de voleibol—, y el diseño exhibe más rasgos kawaii que nunca. A su manera, Flash es un buen ejemplo del tipo de historias superficiales que Hiroki Azuma señalaba como preferidas entre el público otaku, las del tipo insustancial que existen principalmente para que el público pueda consumir personajes concretos. Hasta cierto punto resulta imposible imaginar una versión de Dirty Pair que pudiera funcionar fuera de su contexto ochentero, y Flash parece consciente de esto cuando intenta separarse tanto del tronco original. Pero en el camino, acabó convirtiéndose en un producto mediocre.

 

Una de las últimas escenas del sexto OVA de Dirty Pair Flash, en la que se concluyó el primer arco argumental de esta nueva iteración

 

Si Dirty Pair es una serie concebida para hombres, con claras referencias a la tradición erótica gravure y el fanservice en la ciencia ficción ¿Por qué sigue suscitando, a día, tantas lecturas queer? ¿Cómo es posible que escritoras como L.I. Underhill sean capaces de ver tanto en estas historias protagonizadas, hasta donde podemos alcanzar a ver, por dos chicas hetero? La respuesta puede hallarse en un componente de mucho anime a día de hoy que autores como John Bolton han calificado como «poder de oscilación». En otras palabras, una estética que le es específica a este formato y que le permite tirar y empujar de sensaciones supuestamente enfrentadas entre sí. A juicio de Bolton, la mayoría de las producciones animadas de Japón presentan sus historias y personajes asumiendo, por norma general, que el público ya conoce de antemano los clichés y convenciones que se va a encontrar, y para compensarlo, decide jugar con sus expectativas mediante un delicado juego metanarrativo de rupturas y reafirmaciones. De esta manera, un trabajo como Read or Die puede interpretarse como una advertencia sobre obsesionarse con obras de ficción —en sí, un consejo muy «para otakus»— al tiempo que incita al espectadore a que adivine la última referencia literaria que acaba de incluir; una película como Millenium Actress puede tratar sobre la cosificación inherente al acto de vivir tu vida a través del celuloide, al tiempo que trata de encontrar vías de liberación a su protagonista; y un OVA como 3×3 Eyes puede entenderse como una crítica a las ansiedades sexuales del otaku prototípico sin dejar de ser, en ningún momento, un monumento al fanservice. Se me ocurren muchas obras que podrían caer fácilmente en este saco —Evangelion es una crítica al tiempo que un ensalzamiento de lo otaku como estilo de vida, Gundam desprecia la guerra pero quiere que te compres los robots, Madoka Magica quiere interrogar las trampas de lo kawaii al tiempo que salvarlas…—. Pero en Dirty Pair, esa tensión se localiza en la propia ambigüedad hacia lo femenino que muchísimo anime de los ochenta estaba explorando con ansiedad.

Ilustración de Tsukasa Dokite en la que se celebra la aprobación para la producción de Dirty Pair, en laque Kei y Yuri adoptan formas similares a las de los personajes de Rumiko Takahashi

Además de ser responsable del diseño y puente viviente entre los trabajos de Rumiko y las aventuras de las Lovely Angels, Tsukasa Dokite también es conocido por ser uno de los animadores responsables de codificar el estilo de animación que mucha gente asociaría con el estilo de humor imprevisible y caótico —pero siempre mono— del anime contemporáneo. A él le debemos, en no poca medida, buena parte de las cadencias reconocibles en Sailor Moon, Yu Yu Hakusho o incluso Dragon Ball. Pero Tsukasa también es conocido por haber experimentado, junto al resto de animadores de la órbita de Rumiko, con personajes que trascendían expectativas tradicionales de expresión y presentación. Así fue como, bajo su tutela, personajes como Ryuunosuke alcanzarían tanta popularidad, y contribuirían a que la propia Rumiko se aventurara años después en crear historias protagonizadas por un chico que se convierte en chica. Nada de esto era particularmente único al círculo de Takahashi, pero es un reflejo de las cambiantes relaciones que la sociedad japonesa estaba atravesando en lo que a roles de género se refería. Mientras Studio Pierrot —y luego Studio Deen— traían a Ryuuno, Yotsuya, Akemi y Ranma a la televisión, Toei estaba haciendo lo propio con Stop!! Hibari-kun, la historia de una chica trans que convive con un protagonista de corazón indeciso; Tsukasa Hojo pasó la mayor parte de los ochenta romantizando la vida urbana de Tokyo en City Hunter y representando a sus esquinas y habitantes, habitados en no pocas ocasiones por colectivos LGBT; e incluso series convencionales de romance adolescente, como Kimagure Orange Road, planteaban desde el principio la cuestión de qué rol deberían ocupar las mujeres en una sociedad que ya no precisaba de sus deberes tradicionales.

Todo esto podía encontrarse sin salir del diverso pero acotado género de las comedias costumbristas, que parecen existir en cantidades industriales en cualquier época del anime, pero alcanza nuevas fronteras en obras abiertamente especulativas, como They Were Eleven! donde mejor se puede observar la tensión inherente al anime que Bolton identifica ha de ser en animación que lidia de forma directa con temáticas eróticas o incluso hentai. Ya sea en adaptaciones relativamente accesibles como Iczer-1 o en películas perturbadoras como Wicked City, la fascinación por lo sexual y lo que separa —o une, mejor dicho— a hombres y mujeres adquiere en estas láminas una cualidad dúctil. No se trata tanto de que los personajes que asoman en las orgías de Cream Lemon, en las tramas subiditas de Wanna-Be’s y Call me Tonight, o en la comedia de altos vuelos de Project A-ko puedan considerarse «buena» representación. Lo que sí hacen, al menos a ojos de historiadores, es complicar nuestra visión de la cultura japonesa de los ochenta, y hacernos ver hasta qué punto las cosas se mantuvieron difuminadas durante esta época de prosperidad económica.

A su manera y desde su nicho de ciencia ficción, Dirty Pair contribuye a esta difuminación, y lo hace a través de los resortes más viejos que existen, como la tensión del ship. Aunque la película dedicada a las Lovely Angels dedica un esfuerzo extra en darle a Kei un chico con el que sentar la cabeza —bien que parece acabar dándole calabazas—, resulta evidente que el equipo era consciente de lo que hacía cuando ponía a estas dos juntas. El ejemplo más obvio de esta coquetería se puede hallar en productos derivados como el Hollywood Calendar de 1990 —del que os ofrezco una muestra a continuación—. El sentido del humor expresado aquí no se aleja demasiado del que solía caracterizar a Ranma 1/2, pero en la ausencia de cualquier afirmación y en la pretendida ignorancia de esa tensión es donde les shippers de hoy extraen su fuerza. También permite explicar por qué Dirty Pair Flash, a pesar de contar con secuencias de tensión más explícitas e incluso con personajes abiertamente LGBTQ, no suscita tanta fascinación a día de hoy. En comparación a la ausencia estructural que caracteriza a la pareja original, lo de Flash podría clasificarse fácilmente de queerbaiting.

Parte del Hollywood Calendar, calendario promocional distribuido en 1990 que ponía a Kei y Yuri imitando escenas de películas conocidas. En este caso, se trata de El Color del Dinero, de Martin Scorsese

La cuestión de cómo absorbemos un anime hecho para una época y un público al que ya no tenemos acceso nos debe dejar, por fuerza, con impresiones de la época que lo dio a luz. Para mí, por ejemplo, Evangelion fue un evento histórico que afectó a mi vida personal y social en un momento en el que la fiebre por mechas deprimentes y esotéricos estaba en su mayor auge, y me considero parte del momento que lo vio nacer. Pero con Dirty Pair soy un rezagado, que ve a estas dos mercenarias con lencería espacial y las filtra a través de tres décadas de muchos, muchos cambios en nuestra manera de codificar e interpretar anime. Bolton no entra demasiado a la hora de hablar del factor que juega la distancia temporal a la hora de recibir un texto, pero lo deja caer cuando sugiere que la ambigüedad inherente a ciertos anime se agudiza con el paso de los años. Dirty Pair, tanto su serie como su película, fue una serie que desveló tanto los fetiches personales de una generación de animadores como sus inquietudes y fascinaciones hacia cuestiones de género, y Kei y Yuri sobreviven en tanto que avatares de esas tensiones. Lo lógico es que generaciones posteriores se percaten de ello y dejen volar su imaginación.

A menos que vayamos a experimentar un revival tardío, como le parece estar pasando a un montón de series últimamente, me siento cómodo diciendo que las Lovely Angels son una mirada entretenida y fascinante a un momento muy importante, pero pasado ya, de la historia cultural de Japón. A través de ellas se pueden entender fenómenos modernos como el vaporwave, que sacó muchas de sus claves estéticas de los fondos poblados por estas mercenarias. Podemos observar los orígenes y aspectos de dinámicas entre personajes que el anime actual ha acabado consagrando. A través de su evocadora y exagerada representación de lo que la juventud de la época quería y pensaba, se siente como una puerta a los debates sobre lo otaku y la juventud que el país estaba teniendo en sus periódicos; y a través de la ambivalente y tentadora, pero nunca confirmada, orientación de sus protagonistas, las Lovely Angels existen en Tumblr o en Deviantart como iconos improvisados. Aunque algunas historias nunca vayan a narrarse, la extensa cultura fan que las ha imaginado una y otra vez se encarga de hacerlo en el doujinshi. Y en un mundo donde la producción de arte se halla cada vez más corporativizada y nuestra visión del mundo cada vez más restringida, se trata de una serie proveedora de lo alternativo, aunque éste se halle filtrado por multitud de sesgos y estereotipos anticuados. Utilizando los términos de Toshiya Ueno, Dirty Pair es una pieza más en la maquinaria subimperial que configura lo hegemónico desde la periferia, pero también puede servir como puente genuino desde el cual te puedes aventurar más allá de la hegemonía. La clave está en atreverse a cruzarlo.

Secuencia icónica del opening original de Dirty Pair

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